Durante más de tres décadas, la Champions League funcionó con un esquema que todo aficionado conocía de memoria: 32 equipos, ocho grupos de cuatro, los dos primeros clasificados avanzan a eliminatorias. Era un formato predecible, familiar y, para sus críticos, cada vez más agotado. Demasiados partidos intrascendentes en la fase de grupos, demasiada previsibilidad en los cruces, demasiado poco en juego para los grandes clubes hasta la primavera. En la temporada 2024/25, la UEFA lo cambió todo.
El nuevo modelo suizo —llamado así por el sistema de emparejamientos utilizado en torneos de ajedrez— transformó la estructura del torneo de arriba abajo: 36 equipos en lugar de 32, una clasificación única en vez de ocho grupos separados, ocho partidos por equipo con rivales distintos en cada jornada, y una ronda de play-off adicional antes de los octavos de final. El formato suizo prometía más competitividad, más incertidumbre y, no menos importante, más ingresos. Tras un primer año completo, ya es posible evaluar si cumplió esas promesas. Los datos sugieren que, en gran medida, lo hizo.
De 32 equipos y 8 grupos a 36 participantes y una sola tabla
Para entender la magnitud del cambio, conviene recordar cómo funcionaba el formato anterior. Desde la temporada 2003/04, la Champions League mantenía una estructura estable: 32 equipos divididos en ocho grupos de cuatro. Cada equipo jugaba seis partidos —tres en casa y tres fuera, enfrentándose dos veces a cada rival del grupo—. Los dos primeros de cada grupo avanzaban a los octavos de final, y a partir de ahí se disputaban eliminatorias directas a doble partido hasta la final. El formato generaba un total de 125 partidos por temporada.
El problema, ampliamente discutido durante la década de 2010, era la falta de interés competitivo en buena parte de la fase de grupos. Los grandes clubes solían clasificarse con comodidad tras cuatro jornadas, lo que convertía las dos últimas en trámites para equipos ya eliminados o ya clasificados. Además, el sorteo con cabezas de serie generaba grupos desiguales, donde un «grupo de la muerte» convivía con otro donde la clasificación era un trámite. Los aficionados se quejaban; los directivos de los grandes clubes, que habían coqueteado con la idea de una Superliga europea, presionaban por un formato más rentable y competitivo.
La respuesta de la UEFA fue el formato suizo. El número de participantes aumentó de 32 a 36, y el total de partidos creció de 125 a 189. Pero la diferencia fundamental no está en las cifras brutas, sino en la estructura. En lugar de grupos cerrados, los 36 equipos comparten una sola clasificación. Cada equipo juega ocho partidos —cuatro en casa y cuatro fuera— contra ocho rivales diferentes, asignados mediante un sorteo computarizado que garantiza variedad en el nivel de dificultad. No hay ida y vuelta contra un mismo rival en la fase de liga; cada jornada trae un enfrentamiento nuevo.
Este diseño elimina de raíz el problema de los partidos intrascendentes. Con una clasificación única de 36 equipos, la diferencia entre terminar octavo y noveno —o entre vigésimo cuarto y vigésimo quinto— puede significar pasar directamente a octavos o tener que jugar un play-off adicional, o entre seguir vivo en el torneo y quedar eliminado. La consecuencia es que prácticamente todos los partidos de la fase de liga tienen algo en juego hasta la última jornada, un contraste radical con el formato anterior.
La transición no estuvo exenta de escepticismo. Antes del inicio de la temporada 2024/25, voces autorizadas del fútbol europeo cuestionaron si el formato suizo sería comprensible para el aficionado medio, si la tabla única de 36 equipos resultaría demasiado compleja y si el incremento de partidos provocaría una sobrecarga en calendarios ya saturados. Doce meses después, la mayoría de esas dudas se han disipado, aunque no todas.
Cómo funciona la fase de liga: ocho partidos, clasificación única, puntos y desempate
El mecanismo del formato suizo puede parecer complejo a primera vista, pero su lógica es más sencilla de lo que sugieren sus detractores. El sorteo inicial, realizado por ordenador, asigna a cada equipo ocho rivales: dos de cada uno de los cuatro bombos, determinados por el ranking UEFA. De esos ocho partidos, cuatro se juegan en casa y cuatro fuera. Ningún equipo se enfrenta dos veces al mismo rival durante la fase de liga, lo que maximiza la variedad de enfrentamientos y reduce la ventaja del factor campo en emparejamientos específicos.
La clasificación funciona como una liga convencional: tres puntos por victoria, uno por empate, cero por derrota. Los 36 equipos comparten una tabla única, y al final de las ocho jornadas, la clasificación determina quién avanza y cómo. Los ocho primeros pasan directamente a los octavos de final, los clasificados entre el noveno y el vigésimo cuarto puesto disputan una ronda de play-off a doble partido, y los doce últimos quedan eliminados del torneo sin paracaídas —a diferencia del formato anterior, donde los terceros de grupo caían a la Europa League—.
El sistema de desempate también se actualizó. Si dos o más equipos terminan con los mismos puntos, los criterios se aplican en este orden: diferencia de goles general, goles a favor, victorias, puntos obtenidos contra los rivales comunes dentro de la fase de liga, y, si persiste el empate, diferencia de goles entre esos rivales comunes. El antiguo criterio de goles fuera de casa como desempate quedó abolido ya en 2021, y el formato suizo prescinde por completo de él.
Una consecuencia significativa de este sistema es que el sorteo de octavos de final ya no es enteramente aleatorio. Los ocho primeros clasificados se emparejan con los ganadores de los play-offs siguiendo un criterio de posición: el primero elige entre dos posibles rivales, el segundo entre otros dos, y así sucesivamente. Esto introduce un elemento estratégico en la fase de liga: no basta con clasificarse, importa dónde terminas. Un equipo que aspira a evitar rivales duros en octavos tiene incentivos para pelear cada punto hasta la última jornada, incluso si su clasificación está asegurada.
Las eliminatorias posteriores —de octavos a la final— mantienen el formato tradicional de ida y vuelta, con la excepción de la final, que sigue siendo un único partido en sede neutral. Este híbrido entre la fase de liga y las eliminatorias clásicas conserva la emoción del KO que define la Champions, al tiempo que la fase previa gana en intensidad y relevancia. El equilibrio entre innovación y tradición fue, según la propia UEFA, uno de los principios rectores del diseño.
Resultados deportivos del primer año: récord de goles y sorpresas en la tabla
Si el formato suizo buscaba más emoción y más goles, el primer año superó las expectativas más optimistas. La fase de liga de la Champions League 2024/25 registró una media de 3,26 goles por partido, la cifra más alta en la historia del torneo. En total, 470 goles en 144 partidos de la fase de liga, a los que se sumaron los de las rondas de play-off y eliminatorias. La comparación con temporadas anteriores es elocuente: en el último año del formato de grupos (2023/24), la media fue sensiblemente inferior, lo que sugiere que la estructura del nuevo formato incentiva el juego ofensivo.
Las razones detrás de este incremento goleador son múltiples. La más evidente es que el formato suizo genera más partidos con diferencias de nivel significativas: un equipo cabeza de serie se enfrenta a rivales de todos los bombos, incluidos equipos que en el formato anterior habrían quedado relegados a grupos menos competitivos. Pero también influye la presión competitiva. Con una clasificación única donde cada punto importa, los equipos no pueden permitirse el lujo de especular con empates: necesitan ganar, y para ganar necesitan atacar.
La tabla final de la fase de liga deparó varias sorpresas. Equipos que en el formato anterior habrían terminado entre los dos primeros de un grupo relativamente asequible se encontraron luchando por la clasificación en las últimas jornadas. Otros, considerados modestos en el contexto de la Champions, aprovecharon la variedad de rivales para sumar puntos inesperados contra equipos de bombos superiores. La incertidumbre se mantuvo hasta la última jornada, con movimientos significativos en la zona de clasificación directa (puestos 1-8), en la franja de play-off (9-24) y en la zona de eliminación (25-36).
Barcelona fue la gran protagonista ofensiva de la fase de liga, acumulando 28 goles en sus ocho partidos, una cifra que reflejó no solo su potencia atacante, sino también una eficacia clínica inusual. El equipo azulgrana también protagonizó algunas de las goleadas más abultadas del torneo, recordando que en el formato suizo, la diferencia de goles puede ser decisiva para la clasificación final.
En el otro extremo, la eliminación de clubes históricamente asociados con la Champions generó debates encendidos. Equipos con presupuestos millonarios y plantillas repletas de internacionales se encontraron por debajo de la línea de corte, víctimas de un formato que penaliza la irregularidad más que el anterior. En un grupo de cuatro, un mal partido podía compensarse en los otros cinco; en una liga de ocho jornadas contra rivales dispares, dos o tres tropiezos pueden ser fatales.
La fase de play-off, una novedad absoluta del formato, añadió una capa adicional de emoción. Los equipos clasificados entre el noveno y el vigésimo cuarto puesto disputaron eliminatorias a doble partido para acceder a los octavos, generando noches intensas que en el formato anterior simplemente no existían. Varios de los partidos más memorables de la temporada se produjeron en esta ronda, con remontadas, prórrogas y tandas de penaltis que mantuvieron el interés del aficionado durante semanas en las que, con el antiguo formato, la Champions habría estado en pausa invernal.
Impacto económico: de 2.190 a 2.710 millones en premios
El nuevo formato no solo cambió la estructura deportiva de la Champions League; redefinió su modelo económico. El fondo total de premios en la temporada 2024/25 alcanzó los 2.710 millones de dólares, un salto del 24% respecto a los 2.190 millones del último año con el formato de 32 equipos. El incremento no fue accidental: la UEFA diseñó el formato suizo, entre otras razones, para generar más partidos televisados, más jornadas de competición y, en consecuencia, más ingresos por derechos de emisión y patrocinios.
La distribución de esos premios refleja la filosofía del nuevo modelo. El sistema combina pagos fijos por participación, bonificaciones por resultados en la fase de liga (victoria, empate), un componente basado en el ranking histórico del club (coeficiente UEFA) y un tramo vinculado al valor de mercado televisivo del país de origen. A esto se suma un bono por clasificación final: los ocho primeros de la tabla reciben más que los clasificados para play-off, y los eliminados en la fase de liga reciben menos que cualquier equipo que avance. La estructura premia tanto el rendimiento deportivo como el alcance comercial del club, un equilibrio que ha generado adhesiones y críticas a partes iguales.
El resultado concreto fue que siete clubes superaron los 100 millones de euros en ingresos por premios en la temporada 2024/25, frente a los cinco que lo habían logrado en el último año del formato anterior. La cifra ilustra una tendencia clara: el formato suizo concentra más dinero en los clubes que avanzan más lejos, pero al mismo tiempo eleva el suelo mínimo para todos los participantes. Incluso los equipos eliminados en la fase de liga recibieron sumas significativamente superiores a las del formato previo.
Según un análisis de Deloitte, ganar la Champions League en el nuevo formato supone un incremento de aproximadamente 15 millones de euros en ingresos respecto a lo que habría generado la misma victoria bajo el esquema anterior. Esa diferencia se explica no solo por el aumento del fondo de premios, sino también por el mayor número de partidos jugados —ocho en la fase de liga frente a seis en la fase de grupos— y por el impacto comercial de una competición con mayor audiencia acumulada.
Para los clubes de ligas más pequeñas, el impacto es proporcionalmente mayor. Un equipo de la liga chipriota, griega o escocesa que consiga clasificarse para la fase de liga del formato suizo accede a un nivel de ingresos que puede transformar su estructura financiera durante años. Esto ha generado un efecto aspiracional en las ligas menores europeas, donde la clasificación para la Champions se ha convertido en un objetivo aún más codiciado que antes. La contrapartida es que la brecha entre los clubes que participan en la Champions y los que no puede ensancharse, un riesgo que la UEFA intenta mitigar con los pagos solidarios a clubes no participantes.
La audiencia se dispara: más espectadores únicos a mitad de temporada
Uno de los argumentos más recurrentes contra el formato suizo antes de su estreno era que la complejidad de una tabla de 36 equipos ahuyentaría al espectador casual. El primer año ha demostrado exactamente lo contrario. Los datos de audiencia disponibles indican un crecimiento sustancial en prácticamente todos los mercados donde se mide la recepción del torneo.
El dato más llamativo llegó a mitad de temporada. Según cifras publicadas por SuperSport y Nielsen Sports, los espectadores únicos del torneo crecieron un 57% en comparación con el mismo tramo de la temporada anterior, pasando de 3,3 millones a 5,1 millones en la plataforma africana. Aunque el dato corresponde a un mercado específico, la tendencia se replicó en otras regiones: más partidos con algo en juego significan más razones para sintonizar, especialmente en las jornadas intermedias que bajo el formato antiguo perdían relevancia competitiva.
En los mercados europeos tradicionales, el crecimiento fue igualmente notable. El formato suizo genera jornadas con todos los equipos jugando simultáneamente o en franjas concentradas, lo que crea un efecto similar al de las últimas jornadas de una liga doméstica: múltiples resultados interdependientes que mantienen al espectador pendiente de varias pantallas a la vez. Las plataformas de streaming y los operadores de televisión de pago aprovecharon esta dinámica con programas de cobertura múltiple que se convirtieron en eventos en sí mismos.
El impacto en España fue particularmente relevante. El mercado español, acostumbrado a seguir la Champions con devoción por la presencia habitual de Real Madrid, Barcelona y Atlético de Madrid, respondió con entusiasmo al nuevo formato. Las jornadas de fase de liga generaron audiencias superiores a las de las fases de grupos de temporadas anteriores, impulsadas por la incertidumbre clasificatoria que el formato suizo garantiza hasta las últimas jornadas. Para los operadores que pagan miles de millones por los derechos de emisión, este incremento de audiencia es la validación definitiva de la inversión.
Más allá de las cifras brutas, el formato suizo ha cambiado el comportamiento del espectador. El antiguo modelo concentraba la atención masiva en las eliminatorias de primavera, dejando el otoño como un aperitivo para los más fieles. Ahora, la fase de liga genera un interés sostenido desde septiembre hasta enero, lo que alarga la temporada comercial del torneo y aumenta el valor de cada partido individual para anunciantes y patrocinadores. En términos de negocio audiovisual, el formato suizo ha convertido la Champions League en un producto más rentable en cada una de sus fases, no solo en las noches de eliminatoria.
Veredicto del primer año: qué dicen UEFA, clubes y aficionados
La valoración oficial de la UEFA sobre el primer año del formato suizo ha sido inequívocamente positiva. Aleksander Čeferin, presidente del organismo, no escatimó en elogios durante sus apariciones públicas a lo largo de la temporada. En una entrevista concedida a medios internacionales, Čeferin afirmó que el formato suizo había sido «un auténtico éxito» y atribuyó el mérito del diseño a Giorgio Marchetti, secretario general adjunto de la UEFA. En otra declaración, el presidente fue aún más enfático al asegurar que, según su valoración, el 99% de la gente está satisfecha con la Champions League renovada.
Los clubes, por su parte, han mostrado reacciones más matizadas. Los grandes de Europa —aquellos con presupuestos que les permiten competir en la parte alta de la tabla— han acogido el formato con satisfacción, en gran medida porque el incremento de premios compensa el aumento de partidos en sus calendarios ya sobrecargados. Para estos clubes, dos partidos adicionales en la fase de liga (ocho frente a seis) generan más ingresos que costes, y la clasificación directa a octavos para los ocho primeros les ofrece un incentivo competitivo que antes no existía.
Los clubes de rango medio —aquellos que solían clasificarse para la Champions pero rara vez avanzaban más allá de cuartos de final— presentan un balance más complejo. Por un lado, el formato suizo les garantiza ocho partidos de alto nivel contra rivales variados, lo que mejora su visibilidad internacional y sus ingresos. Por otro, la ronda de play-off añade un obstáculo adicional que en el formato anterior no existía: un equipo que termina noveno en la tabla ahora debe superar una eliminatoria extra antes de llegar a octavos, mientras que antes habría pasado directamente como segundo de grupo.
Los aficionados, el colectivo más difícil de sondear con precisión, parecen haber abrazado el formato con más entusiasmo del previsto. Las encuestas informales en redes sociales y foros especializados reflejan una aprobación mayoritaria, aunque con reservas recurrentes. La principal crítica se centra en la complejidad de la tabla: con 36 equipos y ocho jornadas, seguir las posibilidades de clasificación de tu equipo requiere más esfuerzo que en el formato de grupos. La UEFA ha respondido invirtiendo en herramientas digitales —simuladores de clasificación, visualizaciones interactivas en su web y aplicación— que facilitan el seguimiento, pero la curva de aprendizaje sigue siendo un punto de fricción para el espectador casual.
Hay también una corriente crítica entre analistas independientes que señala una contradicción estructural. El formato suizo fue diseñado, en parte, para responder a la presión de los grandes clubes que amenazaban con crear una Superliga. Al darles más partidos y más ingresos, la UEFA logró mantenerlos dentro de su estructura, pero al hacerlo reforzó la lógica económica que alimenta la desigualdad entre clubes. Más premios para los que llegan más lejos significa, a largo plazo, más recursos para los que ya son ricos. Es un equilibrio inestable que la UEFA deberá gestionar en los próximos ciclos.
Con todo, el balance del primer año es claramente favorable. Más goles, más audiencia, más ingresos, más incertidumbre competitiva en la fase de liga y, como epílogo, una final histórica que capturó la atención del mundo entero. El formato suizo no es perfecto —ningún formato lo es—, pero ha demostrado que la Champions League puede reinventarse sin perder su esencia. La pregunta ahora es si los ajustes que inevitablemente vendrán en las próximas temporadas mejorarán el modelo o lo complicarán. Por ahora, el veredicto es claro: el experimento ha funcionado.
